Hilo de Tanza es, ante todo, un modo de ser, de sentir y de vivir. Aquí tienen cabida la pesca de altura y la de bajura: los deseos, las opiniones, las críticas y los sueños de quienes no hallamos un mejor modo de darlos a conocer. Quizá encuentres tu lugar en este océano de voces.

jueves, 19 de febrero de 2015

LO CONTRARIO DE VIVIR

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La pasada mañana me despertó el canto de un pájaro en el jardín trasero. Me gusta preparar despacito el café y salir al exterior en pijama, con el pelo revuelto, para escuchar el murmullo del río. Debería prohibirse comenzar el día de otro modo. Era miércoles.
Curiosamente, los Miércoles de Ceniza me saben siempre a promesas, a tiempo robado, a nuevos comienzos. Traen aromas a té verde y a hierba recién cortada, zumbidos en el aire, que, aunque fresco todavía, va dejando paso a la primavera.
Por fin hay luz al final del túnel. La oscuridad va cediendo dentro y fuera de nosotros.
Hubo un tiempo en que los recuerdos tenían nombre y fecha. Hoy conservo una orgía de números y ocasiones carentes de significado, como si, después de rasgar el exquisito envoltorio de un regalo, encontrases una caja vacía. El tiempo y las circunstancias van haciendo mella en los archivos del sistema, pero, en ocasiones, brillan pequeñas chispas en las que volvemos a encontrarnos.
Ojalá la vida os haya tratado bien. Ojalá no sea necesario más que la placidez de un día despejado para revivir. Ojalá podáis compartir conmigo la certeza de que, como suena en mi pequeño equipo de música, lo contrario de vivir es no arriesgarse.

sábado, 24 de enero de 2015

LA PERLA NEGRA


       Soplan vientos nuevos, vientos tropicales y cálidos, vigorosos vientos del este que alejan las nubes de un cielo encapotado. Lo que, en principio, era una brisa refrescante se está convirtiendo en un verdadero ciclón que arrasa con las estructuras carcomidas de un mundo demasiado viejo y demasiado podrido.
      Y es que mañana Grecia celebra elecciones mientras los cadáveres de los Padres de la sacrosanta Europa se revuelven en sus tumbas, mientras los bien amañados partidos de las seudo-democracias se comportan como la niña de El Exorcista a la vista de un crucifijo, mientras se emperran en meternos miedo con el Hombre del Saco.
        Los votantes del PP son como La Perla Negra. Aparecen sin preaviso y arrasan, pero, cuando las cosas comienzan a pintar mal, se esfuman como si jamás hubiesen existido, volviendo a las profundidades de un insondable abismo desde donde esperan escrutando el horizonte. A su mando, un mítico Capitán Barbossa dirije a su hueste de muertos y corruptos, de fantasmas y fanfarrones que buscan hacerse con un ínfimo pedacito de tesoro...
       Ayer mismo se reunieron los Pepeístas, al calor del fuego de las mayorías, despeinados por el vendaval los unos y espumando por la boca los otros. Solamente les queda disfrazar a José Mª Aznar de Santa Rita, patrona de los imposibles, y llevarlo en procesión recorriendo la geografía nacional, acompañado de  Mª Dolores de Cospedal vestida de mantilla. ¡Vaya espectáculo! Tuvieron hasta que desenterrar a alguna que otra víctima del terrorismo para arengar a sus ejércitos. Otros cadáveres llevan descansando casi ochenta años en fosas comunes y parece casi un insulto nombrarles.
       No tengo yo madera de quemaiglesias  ni de nada parecido, pero ya está bien de asustarnos con el Diablo Rojo. Esas cosas las estudié en el colegio, en el instituto y en la universidad .Siempre me resultaron el colmo de la estupidez. También lo son los radicalismos injustificados o las alternancias al estilo Cánovas-Sagasta, tan célebres en la historia de este desventurado país, y de las que parecemos no librarnos jamás.
       Lo que sucede es que somos muchos los que estamos hartos de toda esta farsa, los que no albergamos esperanzas de que las cosas cambien. Sabemos muy bien que lo que se hace a mayores es dar una capa de pintura para tapar las carencias, pero no se ataca al núcleo de la podredumbre. Somos conocedores de que la igualdad ante la ley, los derechos constitucionales y el supuesto estado de bienestar son las drogas con las que adormecen nuestros sentidos para que no veamos las cadenas que nos atan. No sé si PODEMOS librarnos de las mentiras, pero sí que DEBEMOS.
       La casta política, que existe del mismo modo que los agujeros negros ( no somos capaces de verlos pero notamos sus efectos), anda revuelta . Debe ser como el gallinero que presiente la llegada del zorro y empieza a cacarear desordenadamente, mientras unos animales se pisan a otros buscando salvación. En Europa reina el caos ante la duda de si la enorme tómbola, que se han montado unos pocos, sobrevivirá mucho más tiempo. Veremos que pasa.
       Esta tarde, a muchos kilómetros de distancia del Egeo y  de sus aguas tintadas de añil, de la Acrópolis vestida de novia, sueño con un futuro en el que sea posible albergar esperanzas, en el que recuperemos la ilusión y la fe en el ser humano, en el que podamos criar a nuestros hijos sin miedo y con verdad. ¿Por qué no aventurarnos? Algunas cosas ya se han perdido, pero tal vez existan  alternativas nuevas , miradas nuevas en las que encontrarnos. Hace no tanto tiempo, también el Atlántico estaba repleto de monstruos.

                                                      Kali-Nykta, Onira-Glyka.

viernes, 2 de enero de 2015

LA SONRISA DE MONA LISA






Reconozco que soy un tanto rara, ya me aburro hasta de escucharlo. A veces divago, me pierdo en particularísimas filosofías,  deambulo por las calles más seria que una patata, sueño despierta o pongo los pies en polvorosa cuando algo empieza a olerme a chamusquina. Es defecto de fabricación. Contra eso no hay antídoto.

Aun así, las pasadas fiestas me hice la firme promesa de no caer en el desánimo, de modo que, en cuanto sonaron las apocalípticas trompetas de la cuenta atrás para compras y demás vicisitudes, salté al asfalto armada de humor, motivación y Mastercard.

La primera dificultad consistía en encontrar algo que guardase relación, por remota que ésta pudiera ser, con la idea original que saltaba del lóbulo derecho al lóbulo izquierdo de mi cerebro. Ilusa de mi. Tiendas y más tiendas de cadena, mercadillos de artículos inverosímiles clonados en China. ¡Vaya!

Segundo asalto, el más penoso. Una interminable cola repleta de sufridores y sufridoras, mercancía en mano, esperando paciente y resignadamente a que un par de señoritas uniformadas con la camiseta del establecimiento se dignasen (sí, sí, SE DIGNASEN) a mal empaquetar las prendas. Toda su atención y palabrería se derramaban vía whatsapp hacia desconocidos destinos, envueltas en un celofán de risitas y comentarios pijos. El resto del mundo no existía. La clientela era una anécdota irrelevante.

Bien, lo cierto es que dejé sobre un mostrador lo que había tardado media hora en seleccionar y salí por la puerta con un par de nubes tormentosas rondando mi cabeza. Lo siento. Tenía que haber hecho caso a mis instintos y comenzar a balar vehementemente  en la cola mientras animaba al resto del personal a seguirme. Solo me faltó el canto de un duro. A la siguiente va.

Ya de vuelta , conduciendo hacia mi refugio, una retahíla de pequeñas y molestas dudas, como si de la mosca de la col se tratase, comenzaron a taladrarme las entendederas. Porque algo hemos hecho mal, amigos. Algo se nos ha ido de las manos y estamos recogiendo una cosecha ruinosa.

Aquellas jovenzuelas que trabajaban, probablemente, por dos euros y un cheque regalo en la tienda mencionada, las mismas que no saben hablar si no teclean compulsivamente, son hijas y nietas de alguien.

Y ahora llega la gran pregunta: ¿de quién? Pues de madres, padres y abuelos como los míos, los mismos que a base de sacrificios subvencionaron los estudios de sus hijos para que tuviesen una vida menos ingrata, los mismos que mimaron y malcriaron a los hijos de sus hijos haciéndoles creer que por saber presionar un botón del mando a distancia eran el súmmum de la sabiduría. Bufff.

Si, algo hemos hecho mal, y , probablemente, sigamos haciéndolo. Hoy por hoy, prefiero charlar con los abuelos de mis alumnos y alumnas. Son, por lo general, más receptivos, mejor educados, reconocen más fácilmente los logros y las dificultades de los chavales y ven el mundo a través de un cristal menos enturbiado. Me encuentro en el mercado, en las calles, en los jardines, con mujeres como mi propia madre, las verdaderas heroínas de este país, a las que cualquier monumento se les queda pequeño. Cruzan, casi invisibles, entre los bárbaros de veintipocos años, con una extraña sonrisa convertida en mueca, no se sabe si irónica o triste. Dieron a entender a sus propios vástagos la supuesta pequeñez de sus conocimientos y éstos creyeron a pies juntillas que eran los reyes del mambo. Nunca resultaron lo suficientemente inteligentes como para percatarse de que la sabiduría no está en los estudios ni en las licenciaturas, en el carné de conducir, el ordenador o el móvil. Tal vez, como reza la canción, en las cenizas del fracaso, en el pensar sin intermediarios, en el asumir el papel propio y ajeno y en el exquisito arte de diferenciar lo accesorio de lo verdaderamente importante.

Tenemos un grave problema. No hemos puesto en valor la inteligencia más instintiva que esgrimieron nuestros antecesores, supervivientes de una posguerra , una transición y un mundo abocado a la catástrofe nuclear. Nos creemos más listos con el coco recalentado después de ocho millones de horas sin despegarnos de cualquier pantalla. Nuestros dedos se mueven con inusual agilidad al contemplar un teclado. No sabemos enseñar lo importante, lo básico, lo humano, el único rasgo que nos hace dignos de caminar sobre esta tierra.

Las plagas devoran nuestra improvisada plantación de promesas de futuro. Las nuevas generaciones se ríen en las barbas de sus mayores mientras, con los treinta ya cumplidos, siguen creyendo en el Ratocito Pérez. Menudo despropósito.

Continúo conduciendo y mi rumbo se detiene unos minutos frente a un paisaje solitario. Bajo del coche, porque soy rara, divago y me pierdo en mis pensamientos. Camino un rato sobre la arena. Observo brevemente mi rostro en el retrovisor y sonrío sin ganas, como Mona Lisa.

martes, 2 de diciembre de 2014

TIERRA SOÑADA


 
 
 
Ayer me regalaron un libro. Es una edición de homenaje popular del Romancero Gitano publicada en el año 1937 y prologada por Alberti. Sentí un escalofrío. El ejemplar había estado durmiendo setenta y tantos años en los estantes de una vieja librería sin que nadie abriese sus páginas. Conservación impecable, como recién salido de las imprentas catalanas de la Guerra Civil. Inconfundible pátina. Olor a tinta y celulosa envejecidas. Una joya.

Lo curioso es que las palabras de los poetas de entonces serían tachadas de revolucionarias y radicales si las aplicásemos a ciertas situaciones actuales, si pudiéramos escribir con el mismo coraje y la misma alma, con el mismo valor y similar contundencia. ¡Qué pena! Desconozco si el país ha perdido muchas oportunidades o las oportunidades han dejado tirado a este país. Pero, tal vez, esa sea otra historia y deba ser narrada en diferente ocasión.

Con el libro llegó un regalo, más sutil e inesperado. Piezas de un puzzle perdidas hace años, recuerdos extinguidos en el fragor de las batallas de la vida. Granada. El calor de septiembre en el Generalife. Paseos nocturnos por las orillas del Darro. El sol asomando a mis espaldas tras las rojizas colinas de tierra. El sabor y el aroma.

Fueron unos segundos, el mágico tiempo suficiente para revivir sentimientos y sensaciones...En viejos álbumes guardaba fotografías realizadas con mi primera réflex analógica, pero no es lo mismo observar una imagen estática a la que los ojos se van acostumbrando que recuperar el sentido de la plena experiencia con todos sus matices. Ahora lo sé. Ahora me reconozco caminando entre decenas de japoneses asidos con fervor sobrehumano a sus cámaras. Bebiendo el agua directamente de la botella sin respirar. Sintiendo el rugir de la tormenta en la lejana sierra. Abotonando la falda que se empeñaba en dejarme las rodillas al aire. Releyendo poemas de Federico.

En ocasiones desvarío, cada vez más a menudo, pensando que lo que no recordamos, que lo que hemos callado, en realidad, nunca ha sucedido. Se lo lleva el olvido, con las mareas del tiempo, hasta islas desiertas y allí muere de soledad.

Otras veces echo mano de una extravagante teoría de posibilidades infinitas, y creo que en algún lugar continuamos viviendo la vida que se interrumpió, la que cambió su rumbo, la que nunca halló su ocasión. El algún lugar del espacio-tiempo no he perdido a las personas que amo y todavía sonrío con los ojos abiertos a un mundo menos gris. En ese mundo tenemos otros hijos y somos lo que queríamos haber sido antes de que el viento arrastrase las naves hacia desconocidas costas. Caminamos por las calles de otras ciudades, continuamos persiguiendo el rayo verde, reímos y lloramos al lado de otros amigos, nos vestimos de colores diferentes y soñamos que tal vez nuestro camino podría haber sido distinto.

En ese lugar, bajo un sol radiante, junto a las Torres Bermejas de la Alhambra, un Lorca centenario me recita los poemas que jamás escribió y relata anécdotas de una España menos cruel y más humana.

miércoles, 2 de enero de 2013

EL DÍA DESPUÉS



    Seguimos aquí, muchos o demasiados.

    No nos ha ahogado un tsunami. No nos han sepultado cientos de terremotos. No nos han invadido los alienígenas. No han estallado las centrales nucleares ni se han caído las estrellas del cielo. Pero tal vez lo más preocupante lata dentro, muy dentro de nuestros corazones. Algo en nuestro interior se lamenta, como una Banshee que llorase con antelación la muerte de un ser querido.

    Escuché en la calle los comentarios de los adolescentes, casi decepcionados. Era un extraño amasijo entre las películas de Hollywood y la ignorancia de quien lo tiene todo resuelto. Sin embargo, algo en sus palabras me hizo reflexionar, detenerme ante ese umbral  en el cual no se repara . Cada afirmación, cada duda, cada paso, estaban cubiertos de una negra y cruel desesperanza. Tal vez soñar un cataclismo nos alejaba de otro, más real y mezquino. Tal vez resultaba más amable pensar en el fin  que continuar con esta agonía diaria.

    Hoy es el día después. Ha transcurrido un año, como un tornado, arrancándolo todo a su paso. Engullimos las doce uvas con cara de póker, deseando pasar el rato lo mejor posible, anestesiados por los programas televisivos enlatados y el supuesto ambiente festivo. ¡Vaya por Dios! Ahora toca lo difícil: sobrevivir.

    Las colas para los comedores sociales son cada vez más largas. Doy fe de ello porque puedo observarlas por la ventana desde la que os escribo. El pequeño comercio se desvanece en la nada. Los trabajadores públicos de “a pie” retroceden veintitantos años en derechos mientras ven pulular por los pasillos personajillos indecentes cuyo trabajo consiste en lucir palmito y cobrar, al menos, diez veces más. Los sectores productivos de calidad se hunden ante el indolente avance de las mafias financieras con cabeza de chino, con cabeza de ruso, con cabeza de ONG. La macroeconomía, que es un pecado capital  además de una palabrota, empala a las marionetas que nos gobiernan para que bailen, y por extensión, todos bailemos, al son que se le antoja...caos y más caos, como al principio de los tiempos.

    El colmo de todo este despropósito consiste en escuchar el discurso del augusto monarca dando consejos y moralina preconstitucional, atizando el fuego de la unidad nacional, la familia y el “esfuerzo” y “sacrificio” ( que junto con “crecimiento” forman el trío de palabras de moda) con un estilismo entre futurólogo de línea 906 y tomadura de pelo.

     ¡Que se lo cuenten a nuestras madres, padres y abuelos! Ellos vivieron la Guerra Civil, la Posguerra, sufrieron el paro, el recorte de derechos, lucharon por recuperarlos, levantaron  la economía nacional con muchas privaciones y, para colmo, son los jubilados que mantienen familias enteras, a saber, hijos, nietos y demás. Ahora ya no les interesan. Son medicamentos que dispensar, prestaciones sanitarias que cubrir y pensiones que abonar. No se trata de individuos de impecable traje que roban millones respaldados el la obra social de una fundación falsa. Antes les llamábamos ladrones de guante blanco, pero nunca han dejado de ser sinvergüenzas.

    El panorama al que nos asomamos mete más miedo que todas las películas apocalípticas juntas. Seamos valientes y mantengamos nuestros sentidos alerta porque, si esto es solamente el principio del fin...¿que nos quedará?

miércoles, 18 de abril de 2012

MOGAMBO


Quizás me soliviante  mucho el hecho de la caza de elefantes porque de niña tuve un peluche de larga trompa que se llamaba Juanito. Mi trauma fue descubrir, cuando se deterioró por el uso, que en lugar de estar hecho de carne y hueso se encontraba relleno de serrín. Lloré durante tres días. Después crecí.

El caso es que tal vez deberíamos asomarnos a la realidad con menos infantilismo y reclamar nuestro lugar en el mundo. Reclamar no es derribar, es saltar por encima de lo que no necesitamos. Hagamos esa reflexión,  dejemos de engañar y de engañarnos.



Si hay algo que se encuentra en verdadera crisis es la autoridad moral de todos aquellos a los que, indiscutiblemente, se les presupone. Esto va a ser como el cuento del oro del moro. Resultará  que nos han colado barbaridades vestidas de trajes de gala. No hay más que mirar, aunque sea de reojo, hacia la monarquía.

Vamos a despejar el camino de sorprendidos, boquiabiertos, ojiplanos, temblipiernas... ¿Qué diferencia existe entre Dictadores, Jeques, Gadafis, Caudillos, Repúblicas Bananeras y sujetos que lo mismo cazan elefantes que dan discursos de Navidad serísimos y con rostro de circunstancias mientras piden austeridad? Ah, claro, resulta que la caza mayor de un animal en peligro está permitida en algunos países africanos siempre y cuando se paguen cantidades sustanciosas. Es elitista. Es exclusiva. Pero es legal...¡Basta, callemos, ha llegado Santa Legalidad!, la misma que permite que en Asia se vendan niñas al mejor postor o que se lapiden mujeres, o que se dejen morir de hambre a miles de personas. Podemos estar tranquilos.

Aquí nos hemos enterado del pastel  porque ha habido una literal metedura de pata, pero nadie sabe cuántos de estos postres  se han comido y vomitado con anterioridad.

Tocaba disculparse. En ello va el pan del mañana, príncipes y princesitas de impecables vestidos rellenando las páginas de la prensa rosa para que las amas de casa, que copagan los medicamentos de sus hijos y de sus padres, babeen de gusto. Es un país a medida de pillos y maleantes. Todo esto terminará, como siempre, en agua de borrajas, o... ¿es que no sabemos que aquí todo se perdona cuando uno es muy campechano?




domingo, 11 de marzo de 2012

CARRERA INÚTIL


          
La vida se está convirtiendo en una carrera inútil hacia ninguna parte. Con demasiada frecuencia, la ansiedad nos gana en fondo, velocidad, obstáculos y relevos. Pero seguimos compitiendo, aunque desconozcamos si el premio valdrá o no la pena, o tal vez si existirá recompensa alguna. Es un modo de existir, o más bien quizá, de entretener un paso por este mundo que, a todas luces, resulta cada día más difícil.

La teoría es que el exceso de movimiento genera una especie de anestesia que facilita la deglución de  la píldora cotidiana, esa que, por lo general, no está  exenta de cierto regustillo amargo. Llamémosle como cada uno desee: rutinas para romper la rutina bajo el epígrafe de viajecillos y escapadas de fin de semana, clases de  formación con las comillas del tengo que salir de casa o me da un patatús, cuidar de uno mismo en gimnasios, peluquerías y tiendas de moda que esconden la necesidad de llenar  un vacío interior más que preocupante.

Pero ahí vamos, caminando por nuestro pequeño pueblo disfrazados de ejecutivos de Wall Street, sin detenernos a pensar qué diablos perseguimos. Vaya que nos hemos vuelto retorcidos.

Pero un día cualquiera, sin preaviso, surge un problema. Tal vez consista en un pequeño síntoma al que, hasta el momento, no hemos prestado atención  o tal vez en una verdadera catarsis que hace que el suelo sobre el que nos asentamos tiemble y se derrumbe. Repentinamente, en un juego malabar sin precedentes, nos vemos abocados a enfrentarnos a situaciones graves para las que no estamos preparados. Nuestros horizontes se desdibujan. Todo aquello que simulaba tener cierta suerte de sentido se esfuma ante nuestros ojos. Nos encontramos desnudos y frágiles ante lo imprevisible. En un abrir y cerrar de ojos nos convertimos en simples seres humanos ante la vida, con mayúsculas y sin analgésicos.¿Qué importa entonces? ¿Cuáles son las prioridades? Sentimos como hemos estado desperdiciando, en una especie de sueño hipnótico, nuestro precioso tiempo, nuestras preciosas energías, nuestras ilusiones y nuestros esfuerzos. Deseamos, con vehemencia, regresar a la “normalidad”, poder volver a ver el mundo con la misma luz, despertarnos de una pesadilla. Sin embargo, todo tiene su momento, y, por mucho que lo intentemos, por mucho que nos hayamos arrepentido de nuestra arrogancia, de nuestro egoísmo o de nuestra pasividad, no suele quedar más remedio que rendirse a las evidencias. El resto del camino es arduo. Nunca volveremos a ser los mismos, aunque, con empeño, tratemos de poner parches más o menos vistosos. Habrá suerte si nos sobrevivimos con un mínimo de dignidad.

No puedo entender todavía como no somos conscientes del carpe diem que planea sobre nuestras cabezas, como nos hemos acomodado y resignado dejando pasar de largo lo relevante, lo único, lo valioso. Somos realmente torpes, me atrevería a decir que desnaturalizados. Perseguimos sombras inútiles alimentadas a la luz de las ganancias empresariales. Corremos tras falsas necesidades creadas para exprimir nuestros recursos económicos y humanos. Nos prometen felicidad virtual envasada en telefilmes y modernísimos culebrones de los que nos sentimos protagonistas, mientras, a nuestro lado, la verdadera vida se prostituye y muere de frío, de hambre, de pena.

Corramos, mientras nos queden fuerzas. Gritemos, mientras no callen nuestras voces. Amemos, mientras no se hiele nuestro corazón. Abramos los ojos, los  oídos, a todo cuanto nos rodea, aunque sea doloroso. El poder sentir, reír, llorar, compadecernos, alegrarnos, horrorizarnos, enfadarnos, es todavía nuestro privilegio. No cedamos el alma. Es nuestro último baluarte ante la barbarie.